

Como cualquier comienzo de todas las cosas, el P-80 costó mucho esfuerzo y vidas humanas hasta convertirse en algo medianamente aceptable, una de ellas, la de nada menos que Ira Bong. Este caza de altas performances, aventajaba en casi todo a sus contemporáneos y después de la guerra, su carrera operativa, tanto desde el punto de vista bélico, como docente, en la versión biplaza, se extendió muchísimos años. Recuerdo, en los ochenta, algunos que operaron con la Fuerza Aérea Sandinista, Mexicana, y en general en Centro América. Hay que decir que hizo lo que pudo en Corea, donde tuvo un papel discreto. De lo que no cabe duda, es que supuso el salto al reactor, como aceptación definitiva.